Recorrer la Medina fue como adentrarse en otra vida. No llevábamos ni dos minutos cuando nos envolvió el aroma de las especias, el brillo de las lámparas de latón y el eco de un músico callejero en algún lugar del laberinto. Es caótico, sí, pero de la mejor manera posible. Cada esquina esconde algo nuevo: un pequeño puesto que vende azafrán y aceite de argán, un gato durmiendo sobre azulejos coloridos o un artesano tallando madera como si lo hubiera hecho toda la vida.
Nos perdimos por completo (más de una vez), pero ¿sabes qué? Ahí es cuando se puso divertido. Nos encontramos tomando té de menta con un vendedor local que compartió historias sobre crecer dentro de las murallas de la Medina. Desde el bullicio de Jemaa el-Fnaa hasta la pacífica sombra del Koutoubia minaret, todo el lugar es una sobrecarga sensorial, pero una que reviviríamos en un abrir y cerrar de ojos. Vinimos por las fotos, pero nos fuimos con historias, y esas se quedan contigo mucho más tiempo que los recuerdos.